Consecuencias

   Las suaves y frías gotas de lluvia caían sobre mis hundidos hombros, mojando la carga que se cernía sobre ellos con pequeñas dosis de culpa. Los diminutos pedacitos de cristal brillaban como estrellas escarlata en un oscuro fondo de asfalto, mientras los árboles alrededor se me antojaban viejos y sabios jueces, tristes testigos de mi insensatez. “Tú… Tú… Has sido tú…”, me susurraba el viento, acusador, “Es tu culpa… Para siempre... Para ellas”. Y tenía razón, si no hubiera tenido tanta prisa por llegar a aquel sitio maldito, podría haber vuelto, evitando el asesinato de mi historia.

   Más adelante, un automóvil descansaba bajo un enorme sauce llorón, cubierto por sus muertas ramas, que atravesaban su techo y a su conductor, clavando a su vez una enorme estaca en mi pecho… Maldita prisa, maldito antro, maldita idea, estúpida cabeza. El cielo tomaba poco a poco el color de la carretera, reflejo de la sangre que ahora la cubría.
   Caminé lentamente hacia el coche para siempre aparcado. Introduciendo la cabeza por la ventanilla, observé aquel demacrado rostro ensangrentado; las lágrimas aún resbalaban por su inerte mejilla, surcando de ríos los desolados parajes de la piel de lo que antes fue mi rostro. Acaricié con la yema de mis insustanciales dedos el comienzo del pelo, dejando escapar finas lágrimas de mis inexistentes ojos, reflejo de las que aún permanecían en mi cuerpo. Pude imaginar en la guantera las fotos de aquella aún hermosa mujer a la que ya no podría pedir disculpas por mi estupidez, las suaves caritas de ojos azules de las mellizas, que ya ni siquiera volverían a ver a su padre para poder recordarlo.

   La gente se equivoca, pensé: la muerte no es lo terrible, lo terrible es el crimen, el asesinato de una vida, de una historia, la muerte de lo que podría haber sido la vida de aquellas personas de mis fotos. Y la causa fue mi inconsciencia; la consecuencia, la muerte; el castigo, la culpa.

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