"Pisé, como cada mañana, con mi pie izquierdo en la suave alfombrita de terciopelo que mi mujer había colocado a mi lado de la cama, como cada una de las "cositas" que habían ido llegando después de la primera mudanza. Pasé las palmas de mis manos por mi cara, tratando de despejarme mientras en mi mente persistía la imagen de los numeritos rojos del despertador digital marcando las cinco y media, cargando mi mente cansada del acostumbrado mal humor matutino, que persistiría con casi total seguridad durante el resto del día. Me encaminé hacia el baño con paso lento y pesado, maldiciendo aquella mañana casi otoñal de martes, metí las manos bajo el grifo y sacudí mi rostro con una oleada de agua fría, otra más, y me miré al espejo; las arrugas de la edad y el mal humor habían hecho mella en mi piel, pero por suerte yo era uno de esos hombres que, como ellas dicen, "mejora con la edad", y mis facciones maduras, acordes con mi cabello negro canoso "bien cortado" me daban un aire, como ellas dicen, "interesante". Me paré a mirar mis ojos, en su día plateados y más grises a secas cada vez que los miraba en el espejo; había alcanzado la seguridad de que en el momento de mi muerte habrían llegado a ser prácticamente negros.
Me sequé la cara y me dirigí a la cocina, desde donde llegaba un apetitoso olor a tostadas y café. Cuando llegué, Ella estaba allí. No entendiendo muy bien por qué, como casi siempre, su presencia se me antojó algo perturbadora, incluso molesta.
-Feliz aniversario, cariño.-Dijo, cerrando sus ojos soñolientos, acercándose con gracilidad a mí y depositando un suave beso en mis labios. Su aroma me embriagó unos instantes llegado de sus rubios y alborotados cabellos; lo cierto es que Ella siempre olía de maravilla, y, al observarla allí de pie, casi de puntillas, aún sin maquillar, cubriendo su cuerpo con una simple bata y sosteniendo su taza de café entre sus dulces dedos, sólo podía atribuirle un adjetivo: MILF; en toda regla, y digo "i'd like" porque me gustaría de veras; si no fuera por la zorra repelente en la que se ha convertido "por mi culpa".
-Igualmente, preciosa. Tenemos planes para esta noche, ya sabes.
-Sí, ya sé.
Se acabó la conversación.
Desayuné, me duché, me afeité y me vestí; mientras Ella hacía lo propio casi a mi vez en el espejo contiguo, con la variable de tirarse prácticamente el doble de tiempo llenándose su preciosa carita con cosméticos y mierdas químicas. Cogí mi americana perfectamente planchada y colgada del pomo de la puerta, volví al baño, y, por primera vez en mucho tiempo, al acercarme para la típica despedida, sujeté su barbilla con mis dedos y la miré a los ojos; su mirada, antes profunda como el cielo y el océano juntos, ahora era simplemente azul. Deposité un suave beso en su frente y otro más pausado en sus labios. Con el lápiz de labios aún en la mano detenida por mí, suspiró. Parecía sorprendida.
Conduje hasta la oficina con la triste mirada de los ojos de mi esposa aún en mi cabeza, ¿qué nos había pasado? Y, como cada mañana, encontré un millón de respuestas, pero, por primera vez, una triste solución. La idea iba formándose poco a poco en mi mente... cada vez más tentadora; acabé por sucumbir y llenarme de proyectos inmediatos. Estaba asustado, pero ya me daba igual, como todo lo demás.
Me pasé el día de trabajo pensando en Ella, total, no había nada nuevo que hacer; los pequeños obstáculos se me antojaban divertidos desde el sentido de la burla. Pensarla me hizo olvidar mi plan, pero una vez recordado, lo desarrollé y completé hasta convencerme de ello y conseguir llevarme al nivel mental de un autómata que desarrolla una simple función por la cual no debe pedir explicaciones.
Mientras pasaba el día hundido en mis pensamientos, por mi despacho desfilaba todo un reparto de secretarias y administrativas despampanantes que nada tenían que envidiar a mi mujer y que demasiado anhelaban mi... "presencia". Muchas ocasiones la tentación por poco me hizo sucumbir a sus "encantos", pero para mi desgracia el amor que siento hacia la mujer de mi vida me ha impedido siempre de alguna manera llevar a cabo mis deseos. Ahora de aquel deseo ya no quedaba nada; me resultaban casi tan repelentes como el resto del mundo, quizá más.
Salí antes del trabajo porque ya también me daba exactamente lo mismo el trabajo. Nadie dijo nada. Me fui a casa pasando antes por el supermercado y comencé los preparativos; preparé el dormitorio, cambié las sábanas, dispuse velas que ya pensaría más tarde en encender, me volví a duchar y me puse su camisa favorita. Llamé al restaurante de siempre y anulé la reserva. Se sorprendieron. Encendí la radio sintonizando su emisora favorita y me dirigí a la cocina. Cuando llegó, más tarde, me encontró terminando la cena y esperándola con la mesa puesta y un par de copas del vino más caro que pude encontrar en el barrio. Iba preciosa, se había puesto un vestido turquesa muy sugerente y un elegante recogido enmarcaba su rostro... vaya, muy bien maquillado. Me acerqué a Ella y la besé como hacía mucho tiempo deseaba entre maldiciones. Al apartarme, noté que temblaba, sus lágrimas corrieron la tinta de sus pestañas y convirtieron sus mejillas en un cuadro de Picasso. Sonreía. Me abrazó, y salió corriendo hacia el cuarto de baño para "retocarse".
Cuando volvió, yo ya había servido la cena y la esperaba sentado; ella llevaba puesto otro vestido, negro y más incitante si cabía. Además se había soltado el pelo, cosa que me agradó hasta el punto de tener que levantarme y volver a besarla con pasión.
Pasé la mejor cena de mi vida; charlando animadamente entre carcajadas y guiños de sugerente complicidad. Terminé la sobremesa cambiando de la radio al CD que antes había tenido la brillantez de dejar puesto, seleccionando nuestra canción. Me acerqué caballerosamente a su lado de la mesa, y, cogiéndola con suavidad de la mano, la saqué a bailar. Nuestros lentos movimientos se fueron acompasando a las notas de la balada. Sentía los músculos de su cuerpo moviéndose junto a mí, y mi creciente y palpitante deseo deslizó mis manos con fuerza por sus aún increíbles curvas. Le hice dar la vuelta con la canción, apoyando firmemente mi mano izquierda en su liso vientre, que anunciaba nuestra "tranquilidad" familiar y que tantos problemas había dado, mientras la derecha se deslizaba hacia arriba por la cara externa de su muslo, subiendo poco a poco su vestido. Sentía la presión zigzagueante de sus curvas en todo mi cuerpo, y Ella se estremecía con cada mordisco de mi boca en su piel, mientras sutilmente mi mano iba burlando los límites de su vestido... vaya, sólo de su vestido.
Aquella noche hicimos el amor. "Hacer el amor"; definición por la cual sólo dos personas realmente enamoradas pueden hacerlo. Llenamos nuestra cama de pasión y locura desenfrenada a la luz de las velas. Varias veces. Fue una de las noches más increíblemente maravillosas que hemos pasado juntos.
La desperté justo antes de que amaneciera con un té para Ella y, por variar, otro para mí. Sonreía alelada con el maquillaje casi imperceptible distribuido por gran parte de la cara. Se sorprendió gratamente del cartoncito que colgaba de mi taza, y más gratamente de mi beso de buenos días. Conseguí convencerla de que faltara al trabajo y de que "ya llamaríamos más tarde" y, cogiéndola de la mano libre nos acercamos al balcón, para ver juntos el precioso amanecer de la Capital.
Os diría que después de esto todo fue "ser felices y comer perdices". Pero sería inútil; ya sabéis que no es así.
Mientras amanecía, hablé seria y profundamente con Ella sobre mi convicción hacia el vaivén de la historia, de los hechos de nuestra vida cotidiana, del círculo vicioso en el que la sociedad, la educación, la religión, la política, el trabajo, la economía... y, ante todo, la rutina que todo ello supone; nos sume y asfixia, convirtiéndonos en cáscaras de lo que antes eran sueños y motivos por los que luchar, cáscaras disfrazadas de logros profesionales, familiares o dios sabe qué. No era posible escapar de aquel círculo repetitivo y degradante; se lo dije con una pregunta:
-¿Cómo sabes que esta vez no es otra de esas noches que nos reencontramos y a la mañana siguiente volvemos a odiarnos por cualquier o por ningún motivo?
-Suele ser por "todos" los motivos... -Puse mi mejor mirada de reproche.-Vale... lo sé porque esta vez has estado distinto... ha sido... diferente...-Me miraba con duda, pero sus ojos brillaban.
-Aah... pero cielo mío, quizá te has confundido con el motivo por el que hoy ha sido diferente.-Sentencié, con tristeza.
Acerqué mi mano derecha, que sostenía un trapito previamente preparado y empapado en cloroformo, con rapidez a sus labios, y, sujetándola con firmeza y suavidad, esperé a que se durmiese y dejase de luchar.
Una vez atada todo fue muy sencillo; saqué de debajo de la cama la espada que cortó nuestra tarta de boda, que había afilado previamente el día anterior, y esperé a que despertara. Una vez lo hizo la cosa se puso algo difícil, pero yo ya había vuelto al nivel mental de un robot y no prestaba importancia a sus argumentos, así que, tras un largo discurso de amor interrumpido sólo por sus quejas o súplicas, el cual Ella se llevará al silencio, seccioné suavemente su yugular y esperé para desatar sus muñecas.
Una vez finalizada esta carta, haré lo propio conmigo mismo y yaceré a su lado, por fin, libres del círculo emocional en el que nos ha sumido a todos la dependencia de algo lejano y enorme independiente de nosotros, y que nosotros mismos hemos creado.
Lamento las molestias por el destrozo en el piso y las deudas impagadas, la verdad es que llegó un punto en que también me daban igual. Podéis quedároslo todo, excepto nuestros cuerpos. Tenemos dos lápidas y ataúdes preparados. También pido disculpas por la carga excesiva de ironía en este discurso, y porque pueda haber sido complicado de entender en algún momento... aunque, bien pensado, no podría decirse que sea culpa mía, pues incompetentes hay en todas partes."
-Este tío es un gilipollas.
-Gilipollas es poco; es un puto taráo.
-¡Inspector!-Llamó el joven forense.-Mire, el hombre tiene los ojos plateados, justo al contrario que dice en la cart... -Su discurso fue interrumpido por un codazo de su superior.
El Inspector levantó una ceja, y añadió;
-Encima el cabrón ha muerto siendo feliz; menuda sorpresa.
... Sin palabras... Estoy... Es... No se me ocurren palabras
ResponderEliminar:O
ResponderEliminarMe encanta! La tensión se vive en todo el relato, va a pasar algo, va a pasar algo... pero aun así, acaba sorprendiendo! :)