Lágrimas de fuego

   Otra noche tendida en su cama mirando al techo. El despertador sonaba ya para levantarse a estudiar; lo apagó y cerró los ojos con rabia. Maldita sea, otra noche sin dormir. Su subconsciente se burlaba cada noche, se reía estrepitosamente en su interior, haciendo eco en su memoria, recorriendo cada fibra nerviosa de su cuerpo y atormentando cada rincón de su imaginación convertido en surrealistas pesadillas de incognoscible procedencia. Pesadillas sin sentido que miraban con miedo lo que ellas mismas eran, lo que ellas sabían y lo que habían venido a decir. Pero ninguna nunca decía nada, o, por así decirlo, no eran escuchadas, quizá porque eran faltas de importancia, quizá porque tenían demasiada, quizá, porque, realmente, no se quisiera escuchar lo que ellas debían decir.

   Miraba la pared con aire distraído, rascando la blanca pintura con la uña, comenzando ésta a desprenderse poco a poco. Paró en su empeño al darse cuenta de que ésta siguió desintegrándose, abriendo ante su mirada un profundo agujero que tiró de su cuerpo, hacia el inmenso vacío de su propia oscuridad.

   Abrió los ojos, o eso creyó hacer, pues no hubo diferencia alguna; aquella opaca oscuridad parecía envolverlo todo. De fondo podía escuchar aquella canción que su madre le cantaba todas las noches antes de dormirse. Pero sabía que no era ella, pues se encontraba ya muy lejos de la realidad. Respiró hondo, "¿otra pesadilla?" pensó, y sus pensamientos rebotaron algo más allá de la oscuridad, expandiéndose, como si de un grito se tratase, por aquel figurado infinito. Pudo sentir cómo poco a poco la oscuridad perdía opacidad, y a lo lejos distinguió un punto luminoso, más que propio, un reflejo de alguna luz exterior, un brillo en una lejana superficie que llegaba hasta sus ojos con una ondulación acuosa.

   Una imagen comenzaba a formarse ante ella, definiéndose en la oscuridad poco a poco, haciéndola menos densa. Apareció ante su estupefacta mirada un enorme ojo de iris plateado y consistencia acuosa. Su respiración se aceleró "es otra pesadilla", supo, e inesperadamente, sus pies comenzaron a correr en dirección contraria a aquello que la miraba inmutable. "Irónico", pensó "es lo único que el bicho puede hacer y es lo que más extraño encuentro, que me mire".

   Como cada noche, corrió lo más velozmente que pudo, sintiendo cómo sus piernas se hacían más pesadas a cada paso, y, cuando creyó que ya no podría correr más, vislumbró una tenue luz a lo lejos y aceleró el ritmo con desesperación, decepcionándose al adivinar que aquel brillo no provenía sino de la misma criatura de la que estaba huyendo. Dándose por vencida, paró en seco, y con la cabeza gacha, sin atreverse a mirar a aquello que la miraba como única función posible, murmuró...

"¿Qué eres?... ¿Dónde estoy?"

   Aquel extraño ser se acercó más al rostro de ella y, entornando su enorme párpado, respondió:

"Tú sabes dónde te encuentras porque eres la única que puede saberlo y la única que aquí puede llegar, por mucho que te niegues a ver la simple respuesta".

   Su "voz" abarcó todos los rincones de aquella oscuridad, llegando a sus oídos como un pensamiento desde el interior de su cabeza.

"¡No! ¡Basta ya! Sácame de aquí. Estoy harta de que juegues conmigo, siempre metido en mi cabeza, hurgando en mi memoria, revolviendo mis pensamientos, adueñándote de mis sentidos y riéndote de ellos, ¿qué eres? ¿Qué haces aquí?"

"Tú lo sabes, ya has visto la realidad, pero no quieres reconocerla. Soy lo que eres, ésta es la verdad, no hay más. Deja de darle vueltas, las cosas son así. No importa si no te gustan, porque no puedes cambiarlas".

   La oscuridad había ido reduciendo su inmensidad, atrapándola en una imposible jaula mental, dejando a aquel ojo fuera de sus paredes. Comenzó a golpear las imaginarias paredes de la jaula, impotente, derrotada, sin lograr otro efecto más que el de martillazos en su cabeza.

"¡Ya está bien! ¡Deja de atormentarme! No haces otra cosa, noche tras noche persigues la imagen de mi felicidad con sardónicas sonrisas y vacías promesas, gimiendo de falsa tristeza por mi huida y tambaleando con despecho mi mundo. No te voy a dejar salir, soy feliz, se acabó tu destartalada existencia, yo ya he aceptado que existes, y lo he superado, acepta tú que la vida terminó para ti".

   Del enorme ojo salieron las grandes lágrimas que siempre habían salido, se había terminado, eso era cierto, pero esta vez las lágrimas, además de la acostumbrada tristeza, albergaban alguna gota de esperanza. La jaula había desaparecido, y, desintegrándose en su sueño, pudo adivinar de fondo la nana de su madre, sonando con más fuerza que nunca, inundando de paz la oscuridad. Y, esta vez, cuando el despertador volvió a sonar, en su rostro podía adivinarse una extraña sonrisa de determinación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario