Ayer volvió. Hacía mucho tiempo que apenas sabía nada de él; ilusa de mí pensé que habría desaparecido por completo. Pero el ruido no se va nunca, acecha en la sombra como un ligero zumbido en mis oídos, listo para atacar ante el más mínimo descuido.
Había permanecido alerta, esperando a que volviera todo este tiempo. Lo cierto, en realidad, es que ya lo había hecho antes desde que decidí echarlo, pero era un ruido proveniente de mis propios delirios, un ruido que asumí me costaría mucho más tiempo apagar. Un ruido del que llegué a aceptar su naturaleza, del que llegué a aceptar que tendría que convivir con él y que muchas veces debería seguir sus exigencias, haciéndome un poquito infeliz pero manteniendo la línea recta de una vida que yo misma había elegido.
Ilusa de mí, pasé meses muy largos huyendo de todo aquello que pudiera traer cualquier mínimo zumbido. Pasé meses muy largos esperando atemorizada a que volviera el otro ruido, forzando incluso su aparición a base de lloros y lamentos fundados en alguna certeza que se sigue escapando a mi razón. Ilusa de mí, entendí sonriente que quizá hubiera decidido hacer la maleta y largarse de mi pecho para siempre. Pero ayer volvió. Volvió el ruido que nace entre mis costillas y se disipa por mi columna vertebral hasta llegar a mi pequeña cabecita atormentada. Volvió haciendo que me cuestionase la naturaleza de aquello, lo único, que nadie jamás podrá comprender. Volvió para reírse de mí. Volvió porque yo lo echaba tanto de menos que perdía la razón poco a poco por ver mi dulce locura desvaneciéndose entre mis dedos.
En realidad ya me había avisado... Es entre tanto ruido donde se me escapan los "te quiero". Quizá sea solo entre tanto ruido donde yo sé amar. Quizá sea por eso que desecho las historias que me dejan vacía la cabeza, quizá necesite el ruido para poder sentir que algo me liga a la melodía que se adivina al principio de las primeras citas. Quizá se trate de que una canción ordenada me deja impotente ante la facilidad de su análisis, de que una vez entendidos sus acordes y escuchados sus distintos componentes la música pierde su profundidad, pierde su interés, y con él, mi fascinación. Quizá sea que no soy una persona hecha para escuchar simplemente la música y dejarme llevar por ella; quizá necesite el ruido para tener una razón por la que buscar una bonita melodía entre sus chirriantes y molestos devenires de ardua comprensión.
Quizá sea que el despedirme de mi locura merme mis ganas, no de vivir, sino de sentir la vida cómo solo nosotras la podemos sentir; quizá, que sin el ruido me siento tan vacía que olvido que es la razón la que me devuelve la fe en aquello que nadie nunca podrá comprender, en aquello que solo puedo sentir precisamente cuando es la razón la que desaparece de mi mente casi por completo y deja paso al ruido que nace en mi pecho. Quizá sea que el sentir y tener fe en el sentimiento sean dos conceptos incompatibles en mi naturaleza. Quizá, que sin el dolor y sin la fe yo no sepa aceptar la delirante existencia de eso que el ser humano ha llamado amor; quizá, que sin el miedo de perderlo no sea realmente capaz de sentirlo.
Ayer volvió el ruido, volvió más fuerte que nunca, y volvió confundiéndome; pues después de tanto haberlo esperado, apareció justamente cuando creí que lograba comenzar a dominarlo.
Pero también fue ayer cuando desapareció, y lo hizo justo en el momento en que mi razón dejó de funcionar, cansada, y se rindió ante la extraña naturaleza de mi corazón. Desapareció en el momento en que decidí coger el teléfono y llorar mis incomprensibles penas a la única persona que puede comprender, compartir y amar mi insoportable ruido. Desapareció en el momento en que pude por fin hundirme entre esos brazos amorosos que nunca hacen preguntas, pues saben que no hay respuesta lógica para ninguna de ellas. Desapareció entre esos brazos que siempre están para recoger mis lágrimas y convertirlas en preciosos copos de nieve que acarician mi acalorado rostro y calman las punzadas de dolor que se disparan desde mi frente. Desapareció entre esos abrazos que me han enseñado a volar esquivando las densas nubes de tormenta que amenazan las praderas de mi mente. Desapareció en el momento justo en que decidí rendirme de nuevo a mi propia locura y la compartí contigo en silencio.
No puedo decir aún, tras todo esto, que haya llegado a aceptar mi ruido, pues ni siquiera he llegado a atisbar la verdadera causa de su existencia; ni siquiera puedo decir si lo prefiero a él o al silencio. Lo que por fin puedo decir es que he entendido que forma parte de mí, y, aunque no desee aceptar que viva conmigo, que dirija como le dé la gana mi camino, aunque sé que deseo con todas mis fuerzas aprender algún día a vivir sin el dolor que me produce, he entendido que aún no sé sentir la vida sin él. Pero he entendido también que la forma de ir sobreviviendo y avanzando será dejando guiar a mi razón hasta que el corazón me duela tanto que sepa que debo escucharlo tapándome los oídos. Pondré los pies sobre este mundo cuasimuerto que ofrece unas posibilidades limitadas y seré feliz viviendo una vida real. Y cuando mi razón esté perdida porque se le ha olvidado escuchar al corazón, acudiré a tus siempre amorosos brazos para que puedas volver a enseñarme, por enésima vez, a volar.
Te quiero..
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