Copos de nieve

   El vaho escapa de mis pulmones, rozando mis labios y formando suaves y escurridizas nubes blancas que se arremolinan y desaparecen con rapidez. El rocío de la mañana cuelga de las finas hojitas de césped en forma de pequeños carámbanos congelados que se me antojan como lágrimas estáticas a punto de caer, detenidas en el momento justo para hacer de la visión una trágica y romántica escena invernal. A cada paso, el congelado rocío penetra poco a poco a través de la tela de mis botas, el ruido sordo de mis pisadas en la blanca nieve me recuerda lo lejos que aún estoy de casa y me hace darme cuenta de la suerte que he tenido al decidir abrigarme más que sobradamente antes de salir, por lo que el frío no me impide disfrutar de la helada mañana de enero. Mis ojos se empañan y mi nariz se sonroja poco a poco. Separo mis brazos de mi cuerpo y tomo una larga bocanada de aire... Nada como el invierno en pleno bosque.

   Sigo caminando, y entonces, el suave sonido de la nieve al apelmazarse bajo mis pies esta vez me hace detenerme y acercarme lentamente al suelo, flexionando mis rodillas mientras retiro mi guante derecho con suavidad y hundo mis dedos en la helada y esponjosa nieve. De pronto vienen a mi mente infinidad de imágenes de los preciosos cristales de hielo que forman en realidad aquella masa congelada que está entumeciendo las puntas de mis dedos; ¿Cómo algo de apariencia tan simple puede estar formado por infinidad de maravillas complejas y de naturaleza tan extraordinaria? Inmediatamente mi mente comienza a divagar, asociando la gran cantidad de nieve que se extiende bajo mis pies con los millones de personas que forman mi sociedad; como diminutos cristales, los complejos y a la vez sencillos seres humanos nacen como una sola gota de agua salida de una nube de vapor inestable que la deja caer a su suerte. La ventisca nos arrastra y zarandea, golpeándonos con helados látigos de realidad, va endureciendo nuestro cuerpo y dando bellas formas a la causa de nuestra existencia. Empuja a unos contra otros, haciéndonos chocar, nos fusiona y une en uno solo, o separa para siempre dos que han sido el mismo durante mucho tiempo. Y aunque cada copo de nieve se forja de la misma manera y la mayoría de las veces el viento lo arrastra en direcciones semejantes, jamás habrá dos copos exactamente iguales, de la misma manera que dos personas jamás tendrán dos mentes idénticas. Siempre habrá diferencia en nuestra educación, nuestros recuerdos, nuestro ADN... cada segundo que cambia en una vida hace única a cada persona como cada pequeña ráfaga o corriente de aire cambia la cristalización de cada ínfimo copo. Y pensar que todos esos mínimos detalles pasan desapercibidos por todos, convirtiéndose en simplemente una enorme mancha blanca que con el mínimo roce del calor de nuestra piel puede desmoronarse, derretirse y cambiar, que todos esos pensamientos que revolotean en nuestras cabezas se convierten en un leve zumbido en el universo, un zumbido apenas audible que hará que todo cambie sin que nadie sea realmente capaz de percibirlo. Pensar todo esto, ahora que me he decidido a arrodillarme y mirar de cerca aquello que normalmente piso sin detenerme a admirar, me hace darme cuenta de la gran variedad de cristales que puedo llegar a contemplar. Los hay oscuros y opacos, brillantes y totalmente transparentes; infinitamente complejos y de tan alta sencillez que su belleza se hace clara y lúcida a la vista. Hay millones de cristales, pero sé bien que, a pesar de ser todos distintos, la gran mayoría no me exige que me detenga a admirar sus miles de ramificaciones, recreándome en sus formas y en sus porqués, no todos llaman mi atención al igual que no todos deciden posarse sobre mis hombros en su trayecto hacia el suelo; por esto, recrearse, cuidar la atención al detalle de aquellos que se detengan a nuestra vista para mostrarnos su infinita belleza, reteniendo a veces su llegada al suelo ha de ser indudablemente uno de los maravillosos motivos por los que ser feliz. Buscar la belleza y poder llegar a encontrarla en las más pequeñas cosas es lo más bello en sí.
   Zarandeando mi pelo mojado vuelvo a la realidad. Devuelvo mi entumecida mano derecha a mi guante y me pongo en pie lentamente. No volveré a mirar la nieve como antes. No pienso volver a dejar escapar la oportunidad de admirar y disfrutar de aquellas maravillas únicas que pocas veces se encuentran en nuestra corrupta sociedad... A partir de ahora, cuando tenga la oportunidad de conocer la mente de alguien realmente asombroso lo haré más a fondo que nunca, nadando sin miedo en la belleza de cada imperfección, olvidándome de perder el tiempo en esos fríos y punzantes cristales que siempre me terminan cortando.

3 comentarios:

  1. Increíblemente cierto, pero no todos podemos disfrutar de las imperfecciones de los que nos rodean, al menos no siempre, es una pena.
    Por cierto, me ha encantado =)

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  2. Nunca se sabe si los copos que puedes sostener en tu mano
    pueden terminar cortándote.

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  3. La nieve, las sonrisas, las lágrimas.. todas iguales pero todas diferentes. No percibimos porque no nos detenemos a percibir. "Buscar la belleza y poder llegar a encontrarla en las más pequeñas cosas es lo más bello en sí." Este es el quid de la cuestión.. :))

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